Requiem por la clase presencial

Es un hecho. La formación on-line crece a un ritmo vertiginoso y ya aglutina el 40% de la formación que reciben las empresas de nuestro país. A su vez, las nuevas tecnologías hacen cada vez menos necesaria la presencia de un formador. Las clases por teléfono, las aulas virtuales y, en menor medida, los sistemas blended parecen destinados a expulsar al profesor físico de nuestros lugares de trabajo.

Pero antes de ir a comprar un féretro para la clase presencial, examinemos las cifras. En ASTEX, por ejemplo, de las 3.600 acciones formativas que manejamos simultáneamente, unas 2.100 son clases telefónicas de inglés u otro idioma. Sí, es el área que más ha crecido, pero queda un 40% de grupos que se mantienen en formato presencial.

¿Hay que concluir necesariamente que quienes eligen esta opción no están al día con las técnicas de enseñanza? Ni mucho menos. Hay beneficios obvios en mantener una clase presencial. Por ejemplo:

  • La interacción entre participantes en una clase grupal es más inmediata que, por ejemplo, en un aula virtual.
  • El contenido de la clase puede cambiarse a voluntad de cualquier alumno en el acto con mucha mayor flexibilidad que si hubiese que intercambiar o cargar archivos en la red.
  • No olvidemos que el 70% de la comunicación no deja de estar compuesta por claves contextuales. Estas siguen contribuyendo a la clase, y lo que es más, deben aprender a controlarse.
  • El hecho de desplazarse hasta un aula, en lugar de realizar la clase desde el lugar de trabajo o desde el domicilio, favorece la concentración y contribuye a una sensación de aprovechamiento del tiempo.
  • Finalmente, un aspecto que solemos pasar por alto es el valor de las relaciones personales entre participantes en un programa de formación, que fortalece la cohesión del grupo. Aunque este no sea un beneficio claramente medible, los estudiantes lo perciben y pesa en su preferencia por una clase presencial.

Con todo esto no me quiero postular como defensor acérrimo de la clase presencial. Pero reconozco que quien opta por ella a sabiendas de las ventajas (e inconvenientes) que tiene, no escoge una mala opción.

Posiblemente para las clases regulares da un poco igual recibirlas en modo presencial o a distancia, pero cuando queremos subir el nivel y la clase ya se convierte en un servicio de consultoría, nada se equipara a la presencia de un profesor.

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